Enséñame, de qué estamos hechos Caifanes, 1988
Por obra y gracia de los errores que cometo de manera consciente e inconsciente, los egresos superaron los ingresos por primera vez en muchos años, así que he andado de ahí por acá buscando llenar los huecos de mi gastada cartera; gracias al favor de santa Ana, la patrona que me asignó mi madre al nacer y que, de una u otra manera me ha acogido en esta ciudad que ya es cuarenta por ciento la mía, con altas y bajas he permanecido tres meses trabajando en un cantabar en Saltillo.
Si quieres conocer a la población de una ciudad observa su comportamiento cuando van a un lugar a ser servidos …y a servirse. Decía mi colega, la Douriet, hace algunos ayeres, cuando nos íbamos de farra y por mi migraña no podía consumir alcohol: nada más vienes a reírte de nosotros. En realidad no, era divertido, claro está, estar acompañada de la amistad de aquel clan, pero eso no evitaba que aprendiera a conocerlos en su estado desinhibido. Saber que aquellas personas que solían tomarse el trabajo con tanta seriedad durante la jornada diurna tenían su otro lado. Éramos jóvenes y queríamos comernos el mundo en uno y otro lado.
Pero bueno, ahora estoy en un restaurante, que también es cantabar y que, a ciertas horas de la noche se convierte en un antro, una oferta más para el desestrés de esta generación de almas que pierden un rato el pudor y deciden tomar el micrófono para cantar frente a un grupo de desconocidos.
Y en estos días he aprendido mucho del ser humano, de la educación, de la cultura urbana, de los prejuicios y de lo mucho que uno no sabe de las nuevas juventudes. Gracias a quienes se han solidarizado con mi bolsillo dándome esta oportunidad.
Ya les contaré un poco de este mundo en las próximas semanas. Mientras tanto, les agradezco la cortesía de su lectura.
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